Por El Erudito del Sangui-¿Qué haces Marcelito, cómo andas?
-Bien che, por suerte. Esperando el pedido para llevarlo a la casa.
-Ahh, está bien. ¡Deben estar con hambre los chicos!
- Y, si.
El diálogo se asemeja al de dos amigos que aguardan por su comida en la cola de algún local. Y algo de eso hay. La amistad existe, pero con la distinción de que es fruto de un asiduo cliente y la dueña de la sanguchería. Es que, para los que no conocen, Ficky se trata de un lugar con dimensiones aptas para varios comensales, pero con el inconfundible toque barrial. Por eso, charlas como éstas son moneda corriente en República del Líbano al 2300.
Emplazada a un costado del local, la barra cobija a varios marcelitos. Ellos prefieren la tranquilidad del hogar para disfrutar de los sánguches y, por esa razón, se acercan a encargarlos personalmente. Afuera, en cambio, una docena de adeptos al ritual gastronómico más tradicional de la provincia disfruta, bajo un amplio techo de chapa, el inimitable sabor de estas delicias tucumanas.
